La gaviota (sobre mi regreso, mi tatuaje y por qué diablos desaparecí)

La gaviota (sobre mi regreso, mi tatuaje y por qué diablos desaparecí)

Probando, probando…1, 2, 3…probando.

Fíjense que durante mucho tiempo estuve fantaseando cómo sería mi regreso a este blog. Mi imaginación me llevó por todos los escenarios posibles: organizando una fiesta con todas las lectoras, corriendo (por fin) el bendito maratón y compartiéndolo con ustedes, subiendo un súper video en el que les explicara tooooodas las razones por las que dejé Curvas Felices abandonado por tanto tiempo…

En fin.

Pero si algo he aprendido las últimas semanas es que las cosas que se piensan mucho, no se hacen. Por eso, ayer en la noche decidí que no lo iba a pensar más; que al despertarme en la mañana me iba a preparar un café y simplemente me iba a poner a escribir. Tenía cierta fe de que al rozar mis dedos con el teclado de la computadora, mi corazón iba a recordar el camino a casa.

¿Y saben qué? No me equivoqué. Aquí estoy.

No será con bombo y platillo, ni con fanfarrias…que, además, ni soy así.
Las que me han seguido desde el inicio saben que soy una convencida de que en lo simple se encuentra lo extraordinario.

Por eso, sin más (permítanme repetirlo): AQUÍ ESTOY.

Una gaviota en mi muñeca izquierda

¿Saben qué? Creo que nunca les platiqué la historia del tatuaje que me hice en 2015. Para quienes no se acuerden, es éste: una pequeña gaviota en mi muñeca izquierda.

Un poco de lo que traigo en la cabeza en estos momentos: Si vas a vivir, hazlo de forma épica: falla épicamente, ama…

Posted by Curvas Felices on Monday, July 27, 2015

Este tatuaje me lo hice después de terminar la relación de pareja más importante que he tenido, pero no es lo que parece. Es decir, sí simboliza libertad y demás, pero déjenme platicarles de qué trata exactamente:

Resulta que cuando era niña aprendí a leer muy rápido. Pero no crean que fue porque fui una “niña genio” (obvio no); más bien mi premura por aprender a leer se debió a que, cuando era pequeña, mi papá me leía cuentos todas las noches cuando regresaba de trabajar. No importaba cuán cansado volvía, él siempre tenía tiempo para leerme. Obviamente, este espacio de lectura era mi hora favorita y más esperada del día. Naturalmente esto forjó en mí un gran amor por las historias (y por mi papá como el mejor cuentacuentos del mundo).

Pero había un problema: había noches (muchas, de hecho) en las que mi papá llegaba en estado zombie por el cansancio, por lo cual se quedaba dormido sin terminar el cuento. Claro que a los 5 años no tienes ni el entendimiento, ni la empatía por el mundo adulto, por lo cual a la Montse niña esta situación le molestaba de sobremanera. Pero había una solución: aprender a leer. De esta forma ya no importaba si mi papá se quedaba dormido leyendo porque yo iba a poder terminar la historia en donde él se quedara. Bingo.

Y así fue como aprendí a leer con la prisa e impaciencia que me han caracterizado toda la vida cuando quiero aprender algo nuevo. Fue más por una (aparente) necesidad, que por gusto. No obstante, después de un tiempo, leer historias ya no era suficiente; ahora quería crearlas. Entonces también aprendí a escribir.

El regalo del aislamiento

Tras aprender a escribir, vino mi primer cuento. ¿Saben de qué se trataba? Efectivamente, de una gaviota. Ahora, ¿qué sintaxis puede tener un cuento escrito por una niña de 5 años? Pues ninguna, pero la historia, en resumidas cuentas, iba así:

Érase una vez una gaviota que volaba con su parvada. Por alguna razón que nunca especifiqué en la trama, la gaviota decide irse sola a buscar otros cielos, lejos de su parvada. Fin.

Corte B: Montse en la psicóloga, resultado del consejo que las maestras le dieron a mi mamá. “Señora, su hija es rara. Debería llevarla a terapia”. No sé si usaron la palabra “rara”; quizás debió haber sido un sinónimo más amable, pero el caso es que su recomendación hizo efecto en mi mamá, y al poco tiempo estaba yo en un consultorio, con una señora que me preguntaba una y otra vez por qué había escrito ese final para el cuento. Qué chistoso que a los 5 años aprendí que a veces lo que escribes te puede traer problemas.

El punto es que la psicóloga jamás dio con el motivo por el cual la bendita gaviota decidía aislarse, ¿y saben por qué? Pues porque no había motivo, simplemente lo necesitaba y lo hacía. Fin del enigma.

A lo que voy con esto es a que ahora, a mis 32 años, me doy cuenta de que por supuesto yo era (y soy) esa gaviota. Desde muy corta edad aprendí a darme un espacio (del mundo, si es necesario) cuando no me siento bien. Creo firmemente en el aislamiento cuando no puedes dar lo mejor de ti al mundo porque ni siquiera lo tienes para ti mismo. Como dicen “no le puedes pedir peras al olmo”, que en otras palabras es “no puedes dar lo que no tienes”.

Me parece que esta larga, larga pausa fue para descubrir la versión adulta de Montse.

En definitiva, no soy la misma que inició Curvas Felices en 2014, y ha sido un largo (y nada fácil) camino para reencontrarme.

Durante este tiempo cambié de residencia dos veces (sí, aquí entra la parte en la que me fui a vivir a una isla); me volví a enamorar como loca, esta vez de un extranjero que me enseñó qué se siente querer a alguien en otra lengua; entré a trabajos distintos en los que he hecho cosas a las que jamás imaginé dedicarme; aprendí otro idioma; y empecé a vivir fuera de casa, por lo que, a base de golpes, tuve que aprender a administrar el poco o mucho dinero que gano para solventar los gastos propios de una casa.

Lo más importante es que en este tiempo en soledad me he topado de frente con mis peores demonios, pero también con mis mejores cualidades. Quizás la principal es mi resiliencia. Soy una aferrada incurable de la vida. Creo firmemente en el maravilloso regalo de darte el tiempo que necesites porque a veces dar pasos atrás es solamente para tomar vuelo y poder brincar más alto.

No todos estuvieron de acuerdo con que dejara temporalmente Curvas Felices, ni todos lo entendieron (al igual que la psicóloga no entendió por qué diablos se aisló la gaviota de su parvada). No los culpo. No obstante, yo comprendí que no hay nada que yo quiera hacer que nazca de la obligación y no del amor. Cuando algo nace de la obligación, simplemente no lo hago. Para mí, la vida se trata de dar lo mejor de ti al mundo, y eso siempre viene del “quiero” y no del “tengo que”.

Ahora, hay cosas que tienes que hacer forzosamente en la vida aunque no te gusten como: pagar tus impuestos o ser cordial y profesional con tu compañero del trabajo que te cae mal, pero hacer un blog que promueve el amor propio no entra en esta categoría de cosas forzosas que tienes que hacer en la vida.

Para mí, esto tiene que nacer del amor.

Así que, si me lo permiten, quisiera seguir compartiendo nuevas chocoaventuras y reflexiones, esta vez desde una perspectiva de una Montse que recién cumplió 32 años y que, a pesar de que ha cambiado en estos 5 años de existencia del blog, sigue cada día en el camino de la autoaceptación y el amor propio.

Esta gaviota quiere seguir encontrando nuevos cielos, pero esta vez con su parvada, ¿me acompañan?

Les mando un beso.
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Les dejo esta belleza de canción de Ed Sheeran que describe perfectamente mi sentir en estos momentos:

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