El “Síndrome de la calaverita” (o el fino arte de dejarte aplastar por tus propias expectativas)

El “Síndrome de la calaverita” (o el fino arte de dejarte aplastar por tus propias expectativas)

Me encanta esta historia. Es verídica y marca un momento crucial en mi vida: el instante exacto en el que decidí dedicarme a escribir.

Era el año de 2003 y yo iba en primero de preparatoria. Por primera vez en mi vida escolar era parte de los “chicos cool”. Pero, más allá de ser de los populares o no, POR PRIMERA VEZ ERA PARTE DE UN GRUPO, lo cual me hizo una adolescente mucho más segura y feliz.

Tuve la gran fortuna de que mis amigos de aquella época (a algunos los conservo aún hoy porque, cabe aclarar, todos eran extraordinarias personas) me aceptaban tal y como era, aún con todas mis “rarezas”, por lo cual nunca tuve la necesidad de esconder mi gusto por las letras para ser aceptada por ellos. Al contrario, siempre sentí su apoyo, cariño y hasta admiración hacia esta obsesión mía de sentarme y perderme por horas frente a la computadora tratando de crear algo nuevo, lo que fuera: un poema, una crónica, un artículo de revista, etc.

Por supuesto que en la clase de Literatura era la más ñoña y la única que se alegró profunda y genuinamente cuando la profesora de la materia dejó de tarea hacer una calaverita para Día de Muertos. Me tomé la asignación muy en serio y comencé a trabajar esa misma tarde, quedándome sin dormir varias noches para encontrar la rima perfecta y el tema político perfecto para que todo se acomodara de forma graciosa y creativa, sin perder de vista lo coyuntural.

Al igual que con todo lo que escribía en aquella época, con esta tarea también me obsesioné, así que después de dos semanas de hacer y rehacer la claverita, por fin quedó a mi gusto. Se la entregué a la maestra, olvidándome (por fin) del asunto.

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Algunas semanas después, sin razón aparente y mientras tomábamos clase pacíficamente, la prefecta de la escuela llegó al salón y preguntó por mí: “Arcos, te llama la Directora en su oficina”. Como los estudiantes maduros que éramos (por supuesto que esto es sarcasmo), todos comentaron al unísono: “Uuuuuuuhhhhhh”, situación que me avergonzó mucho, por lo que salí de allí lo más rápido que pude.

En el trayecto iba recorriendo mentalmente mis acciones de un mes atrás, tratando de encontrar la razón por la cual la Directora me querría ver en la dirección…pero nada, tenía la conciencia limpia, así que entonces ¿por qué quería verme?

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Cuando entré a la oficina, estaba con ella la maestra de Literatura, mientras yo seguía sin entender un carajo. La Directora tomó la palabra: “Montserrat, la profesora aquí presente vio que el trabajo que hiciste de Calaveritas de Día de Muertos era bueno, así que se tomó la libertad de enviarlo a concursar a la UNAM en una convocatoria que se lanzó. Hoy la UNAM nos envió esto para ti (dijo esto señalando un enorme paquete de libros). Felicidades, ganaste el cuarto lugar a nivel nacional”.  Pasé del desconcierto de no saber qué hacía allí a un estado de shock. Al ver que yo no decía nada, las dos se levantaron y me abrazaron.

De regreso hacia el salón de clases y cargando la enorme pila de libros que me habían regalado, me sentía entre flotando y caminando en el limbo. Porque, una cosa era que me gustara mucho escribir, pero otra muy diferente era que fuera buena haciéndolo. Fue en ese preciso momento que me llegó del cielo una pregunta que cambiaría mi vida o, más bien, que le daría sentido…«¿Soy buena escribiendo? O más bien, ¿soy lo suficientemente buena como para dedicarme a esto?«. No lo sabía, pero si había llegado este premio sin que yo siquiera lo buscara, bueno, al menos podía intentarlo.

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Mis amigos populares (y los no populares también) se alegraron y me felicitaron de corazón, lo pude sentir. Decían en broma: “Es que Montse es la ñoña del grupo”, para luego abrazarme. Creo que ellos realmente confiaban en que yo me convertiría en alguien importante escribiendo, así que sentí que no podía defraudarlos y mucho menos me iba a defraudar a mí misma: “Tal vez sea buena o tal vez no, pero me voy a dedicar toda mi vida a escribir o al menos a intentarlo”, decidí ese mismo día.

El peso de las expectativas…

Todo fue gozo hasta el día siguiente, cuando alguien que sé perfectamente que lo hizo sin un ápice de ánimo de joderme, me preguntó: “¿Y qué escribirás para el próximo año?”. Y así fue como, como vulgarmente diríamos en México, le cayó caca al pastel. En automático mi mente se bloqueó.

Esto fue empeorando con los meses cuando tiro por viaje me preguntaban mis papás, amigos, maestros y todo mundo sobre el tema para mi próxima participación en dicho concurso. La piedra de las expectativas era inmensa y pesada. No quería decepcionar a nadie, empezando por mí misma, no tanto porque quisiera ganar de nuevo el concurso, sino porque yo sabía que todos esperaban que lo hiciera y al fallarles, me fallaría a mí misma…¿tiene sentido?

Así que esperé el momento perfecto para empezar a trabajar. Esperé por semanas que se convirtieron en meses, y cuando menos lo pensé, ya estábamos a un mes de la fecha límite para entregar los trabajos. La gente no paraba de preguntarme todos los días cómo iba. Me decían cosas realmente dulces como: “Eres una chingona; tú puedes; lo vas a conseguir” y demás porras que, sé que hacían con la mejor intención, pero sin duda aumentaban en mí la presión por entregar algo que, si no perfecto, por lo menos estuviera a la altura de sus expectativas.

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Y así siguieron pasando los días hasta que fue demasiado tarde y no entregué un carajo…es más, ni siquiera había empezado a escribir.

Por supuesto que me sentí un fracaso al no entregar nada, pero extrañamente también sentí un alivio enorme, como si me hubieran quitado de encima un peso indescriptible. Ahora sé que fue así: al fracasar me había liberado del asfixiante peso de las expectativas que, por más bienintencionadas que fueran, no dejaban de ser pesadas. Nunca más volví a concursar.

Ahora que lo pienso, en realidad nunca concursé por voluntad propia. La calaverita que yo escribí fue por puro gusto y porque, como diría la escritora estadounidense Joan Didion:

“No sé lo que pienso, hasta que me pongo a escribir de ello”.

Joan Didion.

A mí me pasa igual que a ella. Escribo, casi siempre, como quien tiene que respirar: por necesidad y sin pensar mucho en ello. Esto me hace pensar a veces que mi escritura es bastante egoísta porque DE VERDAD escribo por necesidad, sin pensar en si lo que escribo le va a gustar a alguien más, si va a ganar un concurso o muchos likes en redes sociales. Escribo porque tengo que escribir y de alguna forma exorcizar la idea que me ha poseído. Y así fue como me pasó con aquella calaverita que escribí a los 16 años. Nació porque tenía que nacer.

El Síndrome de la Calaverita

Con este pequeño logro también vio la luz algo que yo bauticé como “El Síndrome de la Calaverita”, que no es más que cargar con el peso de las expectativas, propias y ajenas, después de un logro significativo.

Vamos a sincerarnos, ganar un cuarto lugar de escritura a nivel nacional a los 16 años puede sonar grande, pero si hablamos de “grandes logros”, lo más importante que me dejó esa calaverita fue haberme sembrado la duda de que, quizá, si seguía practicando y puliéndome, podía algún día llegar a ser buena escribiendo y, con más suerte, hasta llegar a vivir de eso. En otras palabras, más que un cuarto lugar, esa calaverita me enseñó a atreverme a soñar en grande.

Aparecer y desaparecer

Debo admitir que mi manera de manejar las expectativas no es la más asertiva de todas y, de hecho, no es asertiva en absoluto.

Resulta que apenas hace un año me di cuenta de que, para lidiar con mi Síndrome de la Calaverita, me da por aparecer y desaparecer itinerantemente. Me explico a continuación:

No volví a inscribirme en un concurso de escritura por el resto de la preparatoria, quería pasar desapercibida porque después de todo, si no lo intentas, no puedes fallar, ¿cierto? Así que “desaparecí” por un tiempo.

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Yo, lidiando de forma madura y acertiva con las expectativas, mías y de los demás.

Algunos años más tarde, en la universidad, volví a aparecer en un concurso que también involucraba escribir. Estaba abierta la convocatoria en el certamen de “Géneros periodísticos”, y yo metí un reportaje que hablaba de la tanatología. Esta vez sí quería ganar con todas mis fuerzas porque me había volado casi todo el semestre sin ir a una clase, y el profesor de la misma había dicho que, si alguien ganaba el primer lugar en alguna categoría, lo iba a exentar con 10 en automático. Y gané. Mientras todos me aplaudían, yo sólo podía pensar en que había salvado el semestre.

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Después, una vez más, silencio de mi parte por años…hasta que en 2015 gané el concurso Canadá a voces en la terna “Mejor artículo en internet”. Este certamen lo organiza la representación del país del maple, y en esa ocasión mandé mi trabajo el último día y a última hora. Recuerdo que estaba en un viaje de trabajo, y me llegó un recordatorio del deadline para participar, así que antes de ir a cenar pensé: “Ya, chingue su madre”, y lo mandé. Y gané.

Esta hazaña se volvió a repetir en 2016, es decir, volví a ganar el primer lugar en la misma categoría, pero tan no me esperaba ganar que, en la premiación, misma a la que asistí con mi papá, me puse borrachísima y así, P.E.D.A. (con mayúsculas), subí a dar mi discurso de agradecimiento en el que incluí frases como “Te quiero un chingo papá; ¡un aplauso para mi papá, señores!” y demás joyas discursivas propias de una persona a la que se le han pasado las copas.

De regreso a casa me esperaba un regaño de parte de mi señor padre por ponerme ebria en eventos de trabajo. Pues sí, lo merecía.

Pensando en mi participación de ese año (Canadá a voces 2016), recuerdo que también concursé con un “Chingue su madre” por delante, no esperaba ganar nada, lo juro, por eso se me hizo muy fácil emborracharme en la premiación.

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Al año siguiente escribí otro artículo con ánimos de participar y ganar. Esta vez iba a arrasar (según yo)…¿y saben qué pasó? Nada, me la pelé durísimo. Es más, ni siquiera estuve nominada. Aquí aplica una frase que mi papá dice todo el tiempo: “El que juega por necesidad, pierde por obligación”, ¿verdad que tiene todo el sentido del mundo?

Desde entonces no he vuelto a concursar en nada más, y eso que ya han pasado algunos años.

¿Se cura el Síndrome de la Calaverita?

Sé que muchas personas sufrimos del Síndrome de la Calaverita. De alguna forma conseguimos algo que queremos (muchos lo llamarían “llegar a la cima”) y estando allí arriba no tenemos idea de qué hacer a continuación, así que entra un pánico indescriptible entre la caída y la “obligación” de superarnos a nosotros mismos o, al menos, de volver a llegar a ese punto de éxito.

Es tan grande el peso de las expectativas, propias y ajenas, que es lógico que muchas personas desaparezcan por años tras haber “llegado a la cima”. A final de cuentas, sólo somos seres humanos con un montón de matices, algunos brillantes y luminosos, y otros oscuros y nada agradables.

Cuando alguien te pone en la categoría de “genio” o “chingón” o “ganador”, es sumamente halagador, pero también es pesado para quien no sabe cómo manejarlo, situación que me pasó por muchos años. Como si el éxito y el talento fueran una maldición, ¡¡cuando son todo lo contrario!!

He tenido clarísimo este proceso de bloqueo cuando alguien tiene expectativas sobre mí, pero nunca había llegado a una solución asertiva para hacerle frente (aparecer y desaparecer no es una solución asertiva). Fue entonces que ayer estaba leyendo el libro Libera tu Magia de la maravillosa Elizabeth Gilbert, autora del bestseller Comer, Rezar, Amar.  

Libera tu Magia es un libro que habla enteramente del proceso creativo, tanto del propio como el de otros escritores.

Hay una parte sumamente interesante en la que Gilbert aborda este bloqueo al que yo llamo Síndrome de la Calaverita (aunque obviamente ella no lo llama así), y al respecto escribe lo siguiente:

Cuando se endosa a los artistas la etiqueta de “genio”, creo que pierden la capacidad de tomarse a sí mismos a la ligera o de crear en libertad. Un ejemplo es la gran escritora Harper Lee, quien estuvo décadas sin escribir nada, después del extraordinario éxito de Matar a un ruiseñor. En 1962, cuando le preguntaron cómo se sentía ante la posibilidad de escribir otro libro, contestó: “Me da miedo”. También dijo “Cuando estás en lo más alto, sólo hay una dirección en la cual ir”.

Nunca sabremos por qué esta autora de éxito descomunal no escribió docenas de libros más mientras vivió, pero me pregunto si no quedaría atrapada bajo la roca de su propia reputación. Tal vez su arte murió de miedo…o peor aún, de autocompetencia (después de todo ¿de qué podría tener miedo Harper Lee? Posiblemente solo de esto: de no poder superar a Harper Lee.”

Harper Lee.

También aquí Elizabeth Gilbert se pone ella misma como ejemplo y describe cómo lidió con las expectativas ajenas tras el éxito de Comer, rezar, amar:

“Después de escribir Comer, rezar, amar y que éste permaneciera tres años en las listas de libros más vendidos, no puedes imaginar cuánta gente me dijo durante aquellos años: “¿Cómo vas a superar eso?”. Hablaban de mi buena suerte como si fuera una maldición, no una bendición. Pero esa manera de pensar da por hecho que hay una “cima” y que llegar a ella (y quedarse) es el único motivo que impulsa a las personas a crear.”

Y ahora sí, lo que escribe Gilbert a continuación es la respuesta que estuve buscando por tantos años sobre cómo hacer frente a la estupefacción de tener que lidiar con las expectativas tras haber alcanzado un éxito significativo. Ojalá que también les sirva a ustedes, ¿listos?

“Esta manera de pensar da por hecho que uno siempre tiene que salir victorioso, no sólo con respecto a sus iguales, también con respecto a una versión anterior y peor de uno mismo. Y, lo más peligroso de todo, esta manera de pensar da por hecho que, si no puedes ganar, entonces no debes seguir jugando. Pero ¿qué tiene todo eso que ver con la vocación y con la felicidad serena de simplemente hacer cosas y después compartirlas con el corazón abierto y sin expectativas?

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Imagina lo que podría haber creado Harper Lee, aunque fuera de manera accidental. Por lo menos habría podido convencer a alguien de que se olvidara en otro tiempo había sido Harper Lee. Podía haberse convencido a sí misma de que en otro tiempo había sido Harper Lee, lo que quizá le habría resultado liberador desde el punto de vista artístico.

Ojalá a Lee, a Ralph Ellison y a Scott Fitzgerald, así como a cualquier creador famoso o no, alguien les hubiera ordenado que llenaran un montón de páginas de lo que fuera y las publicaran, por el amor de Dios, e ignoraran el resultado.

Escribe. Escribe lo que sea y atrévete a publicarlo sin pensarlo dos veces.”.

Elizabeth Gilbert, Libera tu magia.
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Así, yo, después de haber leído semejante verdad :´)

No sé si queda mucho que decir después de las palabras de esta maravillosa autora a la que muchos han criticado por “hacer literatura Samborns” (por los libros de superación personal que se venden en estas tiendas). Tampoco entraré en debate. Que la lea quien la quiera leer.

Quizá la solución del Síndrome de la Calaverita está en el momento cuando yo estaba redactando aquel texto: la emoción que sentí cuando un verso y otro rimaban, la risa genuina que me provocaba describir, de forma caricaturesca, los problemas sociales en la CDMX (todavía DF en ese entonces), pero sobre todo volver a sentir el placer de estar escribiendo algo que me hacía feliz en ese instante.

Creo que todo se resume a eso: el placer de hacer sólo por hacerlo. O como dicta aquella GRAN frase que tanto me gusta y cuyo autor desconozco: “Enamórate del proceso, no de los resultados”.

En lo personal, la próxima vez que me ataque el pánico por las expectativas, me preguntaré: ¿Por qué lo estás haciendo? Y entonces recordaré que no es ningún concurso lo que me motiva, nunca lo ha sido y cuando lo ha sido, ha salido mal, más bien la única motivación que alguna vez me ha llevado a algún lado es: “lo hago porque lo necesito hacer y me gusta hacerlo”. No hay más.

Platíquenme, ¿ustedes han pasado por esto alguna vez?, ¿cómo han enfrentado su propio Síndrome de la Calaverita?

Las leo aquí en los comentarios del blog o a través de redes sociales:

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Un beso.

sindrome calaverita como cargar con el peso de las expectativas

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